Viejos medios, antiguos directores, nuevas incertidumbres
0El periodismo está cambiando y la cuestión no es en qué se va a convertir, sino que es probable que la mutación permanente sea la nueva rutina. Hablamos de formas de contar las cosas, de maneras en las que la gente accede a esos contenidos, de modos de sostener la empresa que los crea y otras cuestiones relacionadas con la reconversión necesaria, continua y urgente de lo que somos.
En ese escenario, llaman la atención las apuestas conservadoras para hacer frente al cambio. Los medios boquean de forma cada vez más desesperada en busca del oxígeno publitario que escasea, pero en realidad son los de siempre los que están al frente de la situación. Los que no supieron ver el cambio, ahora tienen que pilotarlo. Directores añejos, con una experiencia incuestionable y probablemente grandes periodistas, pero en la mayor parte de los casos incapaces de entender que de ayer sólo merece la pena rescatar y proteger la marca. El resto está en reescritura permanente bajo batutas tecnológicas y sociales a las que difícilmente se adaptan.
El relevo necesario
El problema de la primera generación de periodistas digitales que lleva varios años incorporándose a los medios es que están dirigidos por personas que no saben qué hacer con ellos, ni con el entorno cambiante en el que ahora lideran sus proyectos. Eso conlleva frustración, desmotivación e incomprensión por parte de esos profesionales, cuyas aspiraciones creativas se ven condicionadas por los escasos conocimientos de quienes les dirigen, basados fundamentalmente en lo que parece que llega por SEO y el periodismo trending topic.
Ésas son formas baratas de hacer periodismo de baja calidad, una tendencia crítica en los momentos en los que la profesión debe reposicionarse en un ecosistema informativo del que ya no es pieza central, y en el que tiene que reclamar su espacio demostrando por qué es necesaria. Con 33 años y poco más de 10 como profesional de esto no aspiro ni estoy en condiciones de dar lecciones a nadie, pero cada vez creo menos en la experiencia como grado en esta profesión. Antes al contrario, creo más en el arrojo, la innovación y el relevo generacional en la dirección de los medios para salvarlos, en gente nueva y en nuevas ideas.
La honestidad infrecuente
Internet ha traído inmensas posibilidades, retos y servidumbres. Es una forma totalmente distinta de trabajar y de interpretar esta profesión, una ola de transparencia, de información en tiempo real y de audiencia que ahora manda y exige, premia y castiga por la calidad del trabajo. El cambio ha sido quizás más rápido de lo previsto, provocado por las crisis coincidentes que ahora afectan al periodismo como empresa y que dejan la durísima secuela de muchos compañeros en la calle. Pero ante eso sólo queda reinventarse, reciclarse, poner los medios para ser mejor en un entorno distinto, empezando por arriba.
Si un director no es capaz de entender que esto no es lo que era, ni volverá a serlo, y probablemente aún sólo estamos viendo el principio de lo distinto que llegará a ser, debería tener la honestidad profesional de dar un paso atrás y renunciar. Y los editores deberían tener el valor y la visión de promocionar a personas capaces, resolutivas e intuitivas en este nuevo modelo. Mi padre dice algunas veces eso de “si no puedes ayudar, por lo menos no molestes“. Ésa es la triste reflexión en la que muchos compañeros viven cada día en sus redacciones por el hecho de tener jefes a los que tienen que explicar que el mundo ha cambiado. Otro rasgo de injusticia para los que antes o después sí tendrán que matar al padre y enderezar la nave.
El pasado fantasma de Facebook
0En su momento leí algunas teorías sobre el cerebro y su tratamiento de los recuerdos. El resumen venía a ser que la memoria nos traiciona con dulzura, que tamiza las cosas de forma que podamos sobrellevar el hecho de recordarlas. Parte de nuestro pasado es una ficción construida para no hacernos daño o para poder reírnos de los tiempos en los que las cosas eran más bien poco alegres.
Con esa reflexión en la cabeza, hace unos días revisé por encima mi biografía en Facebook. Con este nuevo formato, la plataforma te ofrece la posibilidad de navegar todo lo que has sido, hecho, dicho, etc desde que formas parte de ella. Me encontré con cosas que me avergonzaron, otras que me hicieron reír, pero muchas que me hicieron pensar.
Un pasado hiperdocumentado
Por ejemplo, hubo un tiempo en el que tuve cientos de “amigos”. Llegué a estar en “contacto” con alrededor de 700 personas, de las que no conocía salvo a una pequeña parte. Fue al principio, cuando buscaba utilidad a estar ahí y decidí agregar a periodistas para construirme una agenda interesante. Sin saberlo, estaba buscando a LinkedIn en un patio de vecinos en el que me enteraba de cosas que no me interesaban, de personas de las que en realidad no sabía nada. Supongo que a todos nos pasó lo mismo al principio.
También me sorprende la ligereza con la que compartí según que cosas o sensaciones. Tengo un conflicto permanente con la noción de privacidad porque no siempre estoy seguro de dónde termina la sociabilidad y dónde comienza el exhibicionismo. Hoy es el día de la protección de datos, para recordarnos que tenemos el derecho (y aún más, casi el deber) de reclamar que desaparezcan de servicios y redes sociales cuando lo requiramos. Y eso me ha hecho pensar en cuánta información he ofrecido de mí en todos estos años, y los motivos por los que lo he hecho.
Cuando apareció Facebook todos nos resistíamos a los registros personales, a compartir información o a dejar huellas en internet. Años después, Facebook mediante, nos reclamamos como los protagonistas de nuestras propias historias vitales, queremos que nos hagan caso, que sepan lo que pensamos, lo que sentimos y otros detalles de nuestras vidas que no hubiéramos pensado que compartiríamos hace algún tiempo.
El concepto de privacidad
Mi padre tiene 71 años y mi sobrino va camino de los tres meses. La noción de privacidad de uno y otro no tendrá nada que ver. Cuando el pequeño crezca la transparencia a la que nos empujan las redes sociales quizás haya llegado a un punto sin retorno. O quizás haya registrado un pendulazo hacia atrás de nuevo. Eso no lo sabemos. Lo que sí es seguro es que ahora mismo nos hemos convertido en historiadores permanentes, documentando nuestras vidas con un detalle que nos deja como la generación más expuesta al futuro de cuantas han pasado por el planeta. Ninguna otra ha dejado un rastro tan enorme de claves para entender dudas, miedos y evoluciones personales.
Mi biografía de Facebook es en parte un pasado que me resulta ajeno. Porque algunas cosas no las recordaba así. Mi memoria había revestido algunos recuerdos de una capa de minio emocional para garantizar que no habría corrosión. Sin embargo, parte de lo que he sido está ahí. Y en las publicaciones que no recordaba y en los comentarios de gente que ya no está en mi vida reconozco a alguien que fui.
Ahora, con poco más de 100 amigos y un desinterés creciente hacia Facebook, me planteo seriamente eliminar todo eso. Quizás porque prefiero que el tiempo haga su trabajo y que el pasado siga siendo una versión adaptada de todo aquello que me cuesta admitir que hice o que dije. El encanto del autoengaño inconsciente supera a la notaría detallada de la que, antes o después, cualquiera acaba arrepintiéndose.
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Twitter y la quijotada impropia
0Hace algunas horas Twitter ha publicado en su blog que ya está en disposición de censurar contenidos de forma geolocalizada, por aquello de que la libertad de expresión no es entendida de la misma forma en diferentes países. Es decir, ha expresado públicamente su voluntad de colaborar con gobiernos a los que pueda llegar a molestar que determinados mensajes puedan diseminarse por sus países.
Para mí la sorpresa no está en que Twitter indique esto, sino en la sorpresa y/o indignación que ha provocado este anuncio entre algunos. No deja de ser una empresa privada que busca la forma de hacer dinero, y que intenta mantener las mejores relaciones posibles con los países en los que pretende hacer negocio. Pensar que Twitter pondría en riesgo su expansión por una defensa cerrada de la libertad de expresión es no ser consciente de cuál es la realidad.
Ahora mismo la empresa vale alrededor de 8.400 millones de dólares, y conocemos a algunos de sus accionistas. Entre ellos, un príncipe Saudí o JP Morgan, por poner un ejemplo de hasta qué punto hay detrás gente no interesada en entrar en conflictos con nadie, sino en rentabilizar la inversión. En EE.UU. las empresas están obligadas a revelar información clave de sus actividades cuando alcanzan la cifra de 500 accionistas, algo contra lo que Twitter y otras empresas del sector de internet ya se han pronunciado. Cuando eso suceda, probablemente veremos una radiografía más exacta de los intereses de la plataforma.
De momento queda esperar para ver el desarrollo de los acontecimientos. Twitter ha sido clave junto con otras redes sociales en la vertebración de los movimientos ciudadanos que han desembocado en la primavera árabe, por ejemplo. El hecho de que la información circule libremente es un riesgo serio para gobiernos en los que hasta ahora bastaba con hacer un control rudimentario de las vías de comunicación tradicionales.
Twitter se enfrenta al final de su presunta imagen como promotor de la libertad de expresión, mientras enfila la última curva para empezar a ser una empresa que gane dinero. Igual que sucede en la vida, el romanticismo a la hora de hacer negocios rara vez dura más que un par de destellos.
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Pájaros y pajarracos: las prácticas más cuestionables en Twitter
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Llevo años dedicándome al mundo de las redes sociales y en este tiempo he definido un criterio personal sobre qué me parece aceptable o no en Twitter. Como punto de vista personal que es, te invito a que lo cuestiones o lo completes con tu propia experiencia. Éstos son, a mi juicio, los comportamientos más dudosos en esa plataforma:
- Retuitear a los que te pelotean. Para mí el retuit es la principal fuente de la discordia en cuanto a qué es buena o mala práctica. En lo que a mí respecta, su uso tiene que ver con compartir algo interesante para tus seguidores. Eso no se compadece con este caso, en el que uno retuitea a quien le dora la píldora para que sus seguidores puedan ver el cumplido, y a la vez para recompensar con visibilidad al pelota en cuestión. Dinamita para el ego.
- Retuitear a los que te critican. Este ejercicio no lo descubrí realmente hasta que Pedro J. Ramírez no se dejó caer por Twitter y empezó a acostumbrar a compartir con sus seguidores las críticas de quienes le ofendían. De esa forma, coloca a estos últimos ante sus fieles para que puedan vilipendiarle y estimula así una respuesta colectiva en su defensa.
- Retuitear a los que tuitean algo que has dicho o publicado tú. Esta práctica es la más habitual y retorcidamente cutre. La cosa va de dar visibilidad a alguien que comparte algo tuyo, que ya has compartido tú previamente, pero que así puedes “mover” de nuevo con la excusa de que es otra persona la que lo hace de origen. Es una estrategia de autoventa y egomarketing muy dudosa y cuestionable. Ni rastro de humildad. Es una práctica muy extendida entre periodistas, y especialmente entre cargos medios y altos, cuya actividad en Twitter es esencialmente retuiteadora o compartidora de contenido propio de su cabecera.
- Meter a otras personas en conversaciones contigo o meterte a ti en conversaciones con otra persona. A veces, sin comerlo ni beberlo, ves que de repente alguien introduce en debate contigo a otros usuarios. Y en la medida en la que eso pasa, empiezas a recibir más menciones que no te interesaba promover. La de colarse o colarte en conversaciones ajenas por la cara es una práctica que requiere confianza con los protagonistas iniciales o bien una aportación interesante. En cualquier otro caso, es molestar.
- Tuitear sólo sobre ti o tu trabajo. Si tu noción de Twitter tiene que ver con hablar constamente de lo que haces o de lo que hace la empresa para la que trabajas, no estás aportando gran cosa y estás desaprovechando la oportunidad que te da la plataforma para mostrar que eres alguien con intereses más amplios que los de quien te paga. Mientras no esté pactado lo contrario, la cuenta es tuya y tú eres quien individualmente define su uso. No permitas que se convierta de forma gratuita en un altavoz exclusivo para tu empresa.
- Usar etiquetas genéricas. Emplear etiquetas en los tuits está muy bien, pero colocar algunas tan abiertas como “periodismo”, “cultura”, “arte”… no sirve para nada. Porque al final nadie o casi nadie hace click en búsquedas tan genéricas. Lo suyo es utilizar etiquetas concretas que estén siendo usadas por mucha gente, y que sirvan para encuadrarte en una conversación existente. Lo demás es perder el tiempo.
- Meter muchos usuarios y muchas etiquetas en un tuit. Si atiborras 140 caracteres de arrobas y almohadillas estás haciendo que el tuit sea presuntamente más encontrable y que aparezca en varios timelines. Pero al margen de eso estás creando una publicación prácticamente ilegible. Lo suyo es colocar un máximo de dos etiquetas, siempre al final del tuit (si no puedes integrar alguna de ellas de forma natural en el contenido del tuit) y no mencionar por la cara a muchos usuarios. Eso no deja de ser spam.
Esto es lo que destacaría, pero seguro que a ti se te ocurren otras tantas. En general, las malas prácticas son fácilmente identificables porque somos conscientes de ellas. Otra cosa es que eso nos importe. Algún otro día, formas de librarte de publicaciones indeseadas y tener un timeline relevante, según lo que quieres ver en él.
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Del año de los cambios al año de las incertidumbres
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En unas horas atravesaremos esa barrera psicológica que supone el cambio de año, una excusa como cualquier otra para hacer balance, plantear cambios y mirar al futuro con esperanza. 2011 ha sido un año lleno de cambios para mí, desde la mudanza con la que comencé el año hasta la aventura profesional en solitario con la que lo he terminado. En medio, lecciones de vida y recuerdos mejores y peores que deberían servir para hacerme mejor de cara a 2012.
En los últimos 12 meses he aprendido que el valor no tiene que ver con la temeridad, que ser prudente no es lo mismo que ser cobarde, y que el miedo es el peor aliado a la hora de enfrentarte a cualquier reto ilusionante. Son algunas de las cosas que me quedan de un año del que recuerdo una plaza de Brujas o la brisa cálida de una playa de Barcelona, entre otras experiencias bonitas y quizás decisivas.
Me encontré personas que no esperaba y algunas decidieron instalarse en mi vida para hacerla más rica y más hermosa. A otras las perdí por el camino, porque la vida es una fuerza centrífuga contra la que difícilmente se puede luchar a veces. Entre todas me hicieron afrontar un año difícil de la mejor forma posible, y también me ayudaron a superarme y a seguir aprendiendo sobre aquello que necesito mejorar.
Ahora todos miramos hacia 2012 con inquietud, con la necesidad impuesta de vivir peor para salvar los muebles. Será un año incierto en el que tendremos que apretar los dientes y trabajar más que nunca. La vida se resume en encarar cada día con el mejor espíritu para obtener de él tan buen partido como sea posible, y a veces lo he olvidado. Intentaré recordarlo en todos y cada uno de los días que están por venir. Os agradezco de antemano a todos los que pasáis por aquí y formáis parte de mi vida vuestra ayuda para conseguirlo. Feliz año nuevo.




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